La eternidad, seis meses y un día

Ayer Bambino (Leonardo Alejo) cumplió seis meses. Medio año que a su padre le parece uno y medio, como poco. Su madre no sé si ha perdido ya la cuenta; la intensidad y lo eterno de los días.

Ayer, al igual que hoy, Bambino y después yo, nos levantamos temprano. Cambiamos el pañal. Tiramos unas mantas en el suelo y empezamos a estirarnos como los tigres en su sabana. Su padre intenta hacer algo de yoga jugando con esa belleza iluminada. No pasan muchos minutos hasta que la criatura quiere pasear por la casa y ver las cosas nuevas que ya estaban ayer. Al cabo de media hora o más allá volverá a la cama con mama para echarse una siestecita.

Ayer, al quedarse dormido, su padre se quedó mirando al mantel y las servilletas tras las primeras comidas de su fiera. ¿Qué hacer? Abrí Notas de cocina de Leonardo Da Vinci y leí: “Al inspeccionar los manteles de mi señor Ludovico, luego que los comensales han abandonado la sala de banquetes, hállome contemplando una escena de tan completo desorden y depravación, más parecida a los despojos de un campo de batalla que a ninguna otra cosa, que ahora considero prioritario, antes que pintar cualquier caballo o retablo, la de dar con una alternativa.” Ni la mente de Leonardo Da Vinci escribió esto, ni mi pretensión es encontrar un remedio para que todo esté impoluto. Algo que me parece imposible y que creo traería más quebraderos de cabeza; las obsesiones y las expectativas no son buenas. Es más, Rocío y yo estamos en la idea de que Leonardo Alejo elija y coma lo que quiera y le apetezca, algo que de por si ya empieza a hacer. Vamos, intentaremos acotar  el campo de batalla de las comidas, pero nuestra obsesión no será ni el que el niño no se ensucie ni que coma todo lo que sus padres decidan, en la medida en que coma vida y salud, no plástico. Por supuesto, por amor propio y por que soy un sibarita.

Ataca y prueba todo lo que tiene a vista. La boca es su base de pruebas. Y casi nada le disgusta, algo que al tragaldabas de su padre le encanta. Se come las hojas de las ramas que le doy en los paseos para entretenerse. Se sienta en una trona que le queda grande, y en su mesa un montoncito de arroz lo convierte en un terreno sembrao de futuro. Está para comérselo por los piececitos. Ya se come el mundo con sus dos luceros.

Por Rocío, la mujer que me ha hecho este regalo.


 

Por los niños que ya no están como Bambino.

 

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